• PADRE LUIS PÉREZ NOS COMPARTE CÓMO VIVE EL DOMUND EN SIERRA LEONA


    "Aquí, como siempre, no sólo hay pobreza y sufrimiento, también hay vida y alegría"
  • LOS MISIONEROS TOLEDANOS CENTRAN LAS ACTIVIDADES DEL DOMUND EN LAS PARROQUIAS DE LA ARCHIDIÓCESIS DE TOLEDO


    Más de 140 misioneros de la Diócesis de Toledo difunden el Evangelio en todos los lugares
  • DELEGADO EPISCOPAL DE MISIONES DE TOLEDO DESTACA LA “ALEGRÍA DE DARSE” DE TODOS LOS MISIONEROS


    “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!"
  • LA ARCHIDIÓCESIS DE TOLEDO CELEBRA “CON LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO” LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES


    “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”
  • #YoSoyDomund en la Archidiócesis de Toledo


    Comparte tu fotografía con la Delegación de Misiones
  • EN MORA CON EL DOMUND : ¡RENACE LA ALEGRÍA!


    Jornadas de actividad misionera con #Yosoydomund
  • CHRISTOPHER HARTLEY, NUEVA CARTA DESDE EL DESIERTO


    “Ese atardecer que perfora la mirada”

martes, 21 de octubre de 2014

Padre Luis Pérez nos comparte cómo vive el DOMUND en Sierra Leona

Con motivo del Domund "Renace la alegría" nos encontramos en ABC Toledo con esta carta del Misionero Javeriano, Luis Pérez Hernández, uno de los misioneros españoles que se encuentran en Sierra Leona. Luis nos cuenta como no solo "renace la alegría" sino que permanece en medio de la realidad tan adversa y destructiva que están viviendo con el virus del ébola.


"Este domingo 19 de octubre también celebramos el Domund en nuestra Parroquia de San Guido María Conforti de Makeni, en Sierra Leona, como se celebra en todo el mundo, para eso es el «La jornada Mundial para la Evangelización». Cuando yo era pequeño pensaba que, en las «Misiones», la gente celebraba el Domund por lo que de esta jornada recibía: ayuda para la vida de las comunidades cristianas.Todo el mundo se acordaba de «las misiones»:unos daban y otros recibían. (Tal vez todavía hay gente que piensa así…no creo ¿verdad?)

Pasando los años, durante mi formación misionera, me enteré de que no era así; en los años que he trabajado en Sierra Leona he visto que no es así: Las comunidades cristianas y parroquias colaboran económicamente, con la oración y con el envío de misioneros a otros países. Y esto lo hacen por la sencilla y profunda razón de que el haber descubierto a Cristo, a través de la misión, ha cambiado y dado un nuevo sentido a sus vidas, les ha aportado el saberse amados por Dios, el vivir la fraternidad como hermanos-as; la alegría de que, a pesar de los pesares, Dios está con nosotros, nos libera del mal, nos da la fuerza y la esperanza de crecer como personas «humanas», en comunión cordial y responsable con los demás.

«Renace la alegría» es el lema de este año. Un lema que, aparentemente, choca con la realidad que está viviendo el pueblo de Sierra Leona. ¿No hay que tener mucha «cara» para hablar de alegría cuando el ébola siembra el país de miles de afectados y muertos, cuando destruye familias, arrasa la economía, aísla el país, destruye mucho de lo construido después de la guerra civil de hace unos años…? ¿No hay que tener mucha «cara» para destinar la colecta del domingo, en esta situación, en vez de a ayudar a los afectados del ébola, a la labor misionera de la Iglesia…?

¡Pues no! los feligreses contribuyen con gusto y hasta con más generosidad, convencidos de que haber encontrado a Cristo es lo mejor que les ha pasado en sus vidas, alegres por poder colaborar a que otros lo encuentren, sabedores de que si el mundo viviera -con fe o sin ella- los VALORES de Jesús este mundo sería diferente y las calamidades, como el ébola que arrasa el país, se afrontarían con más solidaridad, justicia y celeridad…

«Renace la alegría«, un lema sugestivo; «Con Cristo la alegría nace y renace», yo, «sin pretensiones» añadiría: PERMANECE, este pueblo y estas comunidades, a pesar de la realidad adversa y destructiva, y nosotros con ellas, no hemos perdido la alegría de ser lo que somos, de afrontar el sufrimiento haciéndonos cargo los unos de los otros. Sí, es verdad, es una alegría un poco «empañada», una alegría que esperamos que crezca y se «desempañe» con la colaboración de todos, aquí y allí, para hacer un mundo más fraterno, justo, solidario, más digno, más vivible…Aquí, como siempre, no sólo hay pobreza y sufrimiento, también hay vida y alegría.

Muchos saludos y hasta la semana que viene".

P. Luis Pérez Hernández s.x.
Misionero Javeriano en Sierra Leona

RENACE LA ALEGRIA. #YOSOYDOMUND, por Javier Salazar Sanchis

En la segunda lectura del pasado Domingo escuchábamos el inicio de una carta de san Pablo. Es suficiente para darse cuenta de que, en los textos del Apóstol, todo rezuma amor a Dios. San Pablo escribe siempre desde Dios, por eso inicia sus epístolas deseando la gracia y la paz de Dios. El Apóstol entiende la absoluta primacía de Dios en nuestra vida y que sin la ayuda divina no podemos nada. Lo que el Espíritu Santo construye en el corazón del hombre es la paz y la paz es la consumación de la acción de Dios en nosotros. Por eso, para san Pablo todo parte y se consuma en Dios. San Pablo en seguida da gracias a Dios. Es también algo frecuente en sus cartas. No sólo habla de Dios sino que es capaz de reconocer la acción de Dios en los demás. Aquí tenemos una enseñanza muy interesante y oportuna, porque a veces nos convertimos en especialistas teóricos de las cosas divinas pero absolutamente incapaces de descubrir las maravillas que Dios obra en las personas. San Pablo reconoce la acción de Dios en la Iglesia de Tesalónica y da gracias. En su acción de gracias subraya dos aspectos: la fe y el amor. De alguna manera san Pablo viene a decir en la carta que se mantienen en la fe porque su amor es verdadero. Por eso son capaces de resistir en medio de la tribulación. En la descripción que hace de cómo se aman: “de cada uno por todos y de todos por cada uno”, se nota que el Apóstol apunta a un amor en Jesucristo.

Esta actitud de san Pablo me estremece porque está en las antípodas de comportamientos demasiado frecuentes en nuestro tiempo. Competimos por ser considerados los primeros y desconocemos la santidad oculta que Dios hace florecer en tantas partes. Para nosotros es una invitación a querer a todos aquellos que forman parte de la comunidad concreta en que vivimos nuestra fe. Sin caer en ningún sentimentalismo, que no deja de ser algo pernicioso, podemos reflexionar sobre el interés concreto que tienen para nosotros los católicos con los que, habitualmente, celebramos nuestra fe. Porque, de hecho, muchas veces nuestra perseverancia se sostiene en el testimonio y la cercanía de otros fieles.

Celebrábamos el Domingo Mundial de la Propagación de la Fe, el Domund. La transmisión de la fe se hace a cada persona, aunque se pueda y se deba organizar cosas en grupos. El contrastar la fe con otros nos enriquece y ayuda, pero la vivencia de la fe es personal. Mantener la confesión de la fe es un don que debemos pedir cada día al Señor. Nadie puede vivir mi vida cristiana por mí.

Los misioneros se acercan a las personas, una a una, y van formando comunidades de creyentes. Y cada comunidad está formada por personas. No me imagino a un misionero poniendo un cartel en un pueblo del centro de África que diga: “Cuando haya setenta personas interesadas en seguir a Cristo, llamen al teléfono tal y tal”. Van conociendo a uno, luego a otro, después a otro. Y los que confiesan la fe tienen la alegría de reunirse con otros que también quieren seguir a Cristo.

No olvidemos nuestra labor misionera. Tal vez no viajemos a China, ni tal vez salgamos de nuestro pueblo, pero ese hijo tuyo que se está distanciando de Cristo, ese vecino, aquel amigo, tu esposo o tu esposa…, esos son el pueblo al que Dios te envía y al que tienes que anunciar que han sido justificados en Cristo pues “cargó con los crímenes de ellos”. “El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”
Hoy tenemos que preguntarnos si nos interesa que los demás conozcan a Jesucristo, reciban el don de la fe o nos basta con salvarnos nosotros mismos; si realmente valoramos el don de la fe y no solamente para nosotros, sino para cualquier hombre o mujer de cualquier lugar, raza o condición. Si sólo nos preocupa nuestra salvación vamos por mal camino, “porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. No podemos pasarnos la vida discutiendo si somos más o menos importantes, si lo nuestro es mejor camino para ser santos que lo del vecino, que si tú o yo vamos a sentarnos más cerca del Señor en el cielo. Voy a decir una burrada, ¿De qué valdría nuestra salvación si nos salvamos solos.? Tenemos que tener ansia de que mucha gente conozca el Evangelio. Que lo conozcan en nuestra familia, entre nuestros amigos, entre los conocidos e incluso hasta nuestro párroco. Y esa expansión del corazón hace que deseemos también que se conozca a Cristo en todos los rincones de nuestra tierra. Seguramente nosotros no tendremos posibilidades o vocación de irnos a predicar el Evangelio a rincones lejanos, pero podemos apoyar a los misioneros con nuestra oración, con nuestra aportación, con nuestra cercanía de hermanos por llevar a cabo la misma tarea.

Que nuestra madre la Virgen bendiga a todos y cada uno de los misioneros y misioneras que van anunciando la fe por tantos lugares del mundo. Le pedimos hoy a la Virgen María, madre de las misiones, que cuide y proteja a todos, que fomente muchas llamadas a ser misioneros o misioneras y a nosotros nos de esa auténtica preocupación por extender el Evangelio a todos los rincones del mundo.
Padre Javier Salazar Sanchis
Miembro del Consejo Diocesano de Misiones de Toledo

lunes, 20 de octubre de 2014

DOMUND: "La alegría de ser misionero (II)" por el Arzobispo de Toledo


“Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo”. Con esta afirmación tan rotunda el Papa Francisco comienza su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones. Nos dice, pues que es urgente la misión o las misiones; pero no está sólo pensando en esas personas excepcionales que son los misioneros, sino en todos los que formamos la Iglesia. Ahora bien, el Papa quiere que esta Jornada sea celebración de gracia y de alegría. Es lógico, pues se trata de vivir nuestro ser de cristiano: ser apóstol, hablar de Jesucristo como lo más grande que nos ha ocurrido en la vida. Es la alegría que Jesucristo nos anuncia: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron” (Lc. 10,23-24).
La misión de anunciar, a los ojos de Jesús, es la alegría. ¿No habéis experimentado esta experiencia gozosa? Os faltaría algo crucial. Es una alegría diferente y superior a la que aquellos discípulos primeros de Jesús habían experimentado antes de ser enviados por Él. No es la alegría de tener poder o dinero: es experimentar el amor de Dios hacia todos, hacia los más pobres; y algunos son tan pobres que sólo tienen dinero o éxito aparente, o un nivel de vida, que pensamos que no se acabará nunca. Jesús, nos dice el evangelista, “se llenó de alegría en el Espíritu Santo”. Es que esta alegría muchas veces está escondida a los sabios y entendidos, a los que están demasiado llenos de sí mismos. “Sí, Padre, así te ha parecido bien” (Lc. 10,21).
 
Se trata, en realidad de Buena Nueva que conduce a la salvación; la que experimentó María al llevar a Jesús en su vientre; la que sintió también al visitar a Isabel. Claro, hermanos, “El Padre es la fuente de la alegría. El Hijo, su manifestación, y el Espíritu Santo, su animador”, nos dice el Papa, que también había dicho: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (La alegría del Evangelio, 1).
 
Sin experimentar la alegría de encontrarse con Jesucristo, enriqueciéndonos Él con su persona, yo pienso que no es posible ni la renovación que buscamos en la Iglesia, en las parroquias para salir a ofrecer el Evangelio, ni vibrar con Jesús a acercarse a los más pobres: nos quedamos parados, haciendo lo de siempre, rodeados de incapacidad y de infecundidad. “¿Por qué no entramos también nosotros en este río de alegría de Jesús?”, se pregunta el Papa. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (La alegría del Evangelio, 2).
 
Es muy seria esta advertencia del Santo Padre, ya que afecta a conseguir la felicidad o no, a la orientación de nuestra vida, a tener lleno o vacío el corazón. Los discípulos de Jesús somos aquellos que nos dejamos llenar del amor de Cristo y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. La alegría de comunicar a Jesucristo se convierte así en una preocupación por anunciarlo en las periferias lejanas y cercanas, la de nuestro territorio, donde también hay pobres que esperan, o la de territorios lejanos.
 
Pero no olvidemos que la alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. Si no hay vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, es porque no hay tampoco fieles laicos con un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo. “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!”, grita el Papa (La alegría del Evangelio, 83). Tal vez es que hemos olvidado en la práctica lo que dice san Pablo: ”Dios ama al que da con alegría” (2 Cor. 9,7).


X Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo
Primado de España

domingo, 19 de octubre de 2014

Los misioneros toledanos centran las actividades del DOMUND en las parroquias de la Archidiócesis de Toledo


La Parroquia de Valmojado (Toledo) acogerá el próximo sábado, 25 de octubre, la Vigilia Diocesana de Oración Misionera con la que concluirán los actos organizados con motivo del OCTUBRE MISIONERO por la Delegación Diocesana de Misiones de Toledo y la Dirección Diocesana de Obras Misionales Pontificas en Toledo (OMP)

“Hoy celebramos la Jornada Mundial de las Misiones, el DOMUND, ocasión para centrar nuestra mirada en la de los misioneros, sentir su alegría que surge del Evangelio, hacernos partícipes de su compromiso y comprender entre todos que somos DOMUND todos y cada uno de los días”, de esta manera el Delegado Episcopal de Misiones, Jesús López Muñoz, ha querido dirigirse con gratitud a todas las personas que estos días han apoyado de manera especial las actividades organizadas con motivo del DOMUND, que bajo el lema “Renace la alegría”, y desarrolladas en múltiples parroquias de la Archidiócesis de Toledo.

Precisamente este domingo las parroquias de la Archidiócesis de Toledo acogían la celebración de la Eucaristía centrada en el DOMUND, realizando la colecta especial que servirá para apoyar el trabajo que los misioneros desarrollan en todo el mundo, siendo más de 140 misioneros los que han salido de la Diócesis de Toledo para difundir el Evangelio en todos los lugares.

En ese sentido, Jesús López ha querido destacar que “en estos momentos, donde tantas informaciones nos llegan desde África, debemos ser capaces de reconocer el trabajo de los misioneros que están dejando allí su vida, que están compartiendo la vida, que están haciendo presente a Jesucristo y que fortalecen su presencia con la manera de darse, que es de entrega total desde el Evangelio”. De igual manera ha querido recordar a todos los misioneros presentes en África, de manera particular al misionero javeriano, natural de Toledo, Padre Luis Pérez, “que se encuentra en el corazón de Sierra Leona, en el centro de la situación más compleja del ébola, y ahí está, haciendo presente una Iglesia Universal que siempre es Iglesia Misionera, lo que hoy destacamos con la celebración del DOMUND”.


En esta ocasión, la parroquia de La Puebla de Montalbán acogía la celebración de la Eucaristía organizada por la Delegación Diocesana de Misiones y la Dirección Diocesana de Obras Misionales Pontificias, en la que han participado activamente los grupos parroquiales, donde los niños, máxima expresión de la Infancia Misionera, han manifestado la alegría del Evangelio, afirmando todos ellos que ¡son DOMUND!, junto a la etiqueta utilizada en las redes sociales: #YoSoyDomund.

Durante el mes de octubre, mes misionero, los misioneros toledanos han centrado las actividades misioneras del DOMUND celebradas y que culminarán en la Parroquia de Valmojado (Toledo), el próximo sábado 25 de octubre, con la celebración de la Vigilia Diocesana de Oración Misionera.

sábado, 18 de octubre de 2014

DOMUND, escrito pastoral del Arzobispo de Toledo: LA ALEGRÍA DE SER MISIONERO


“Son vidas de película. Salen de su país, recorren miles de kilómetros; ejercen de profesores, administradores, médicos, psicólogos, relaciones públicas, transportistas, promotores inmobiliarios, defensores de los trabajadores, padres adoptivos, mediadores de conflictos… Remunerar su labor sería imposible, pues no tienen precio. Pero las guerras <y las enfermedades>, que no hacen distinción, muchas veces les atrapa a ellos también. Cuando se plantea la disyuntiva de quedarse o volver a casa, ellos se quedan, pase lo que pase…” (Solapa de un libro reciente: Cuando todos se van, ellos se quedan). ¡Qué ciertas son estas palabras referidas a los más de 13.000 misioneros españoles! Las pueden ustedes verificar. Yo lo he comprobado en muchas ocasiones. Doy fe y les tengo envidia y admiración.
 
¿Qué importancia tiene el DOMUND para la vida de la Iglesia? Ante todo es una Jornada con una insistencia fuerte misionera, como queremos que sea el mes de octubre y aún todo el año. Se trata de la necesidad de la misión ad gentes, sobre todo en países como España de larga tradición cristiana, es decir, donde ser cristiano no parece una cosa novedosa, pues apenas nos diferenciamos de otros ciudadanos ya que, por ejemplo, aceptamos leyes de abortos como si no fuera con nosotros. Pero entiendo que es un día también en el que hay que orar para que Jesucristo sea conocido, cuidar y preocuparse por nuestros misioneros y sus comunidades. Es un día para ayudar económicamente, pero no con unas “perrillas”, sino con algo más, generosamente, como el Señor nos pide.
 
¿Por qué digo esto? Porque en general al mundo occidental en el que estamos no le interesa mucho la evangelización, aunque sea sensible a la ayuda social a tantas gentes que viven en los países llamados de misión. ¿Y dónde no ha de estar la Iglesia “en salida hacia la periferias”, como gusta decir el Papa Francisco? Pero sin duda es importante que se oiga en esta sociedad que los católicos hablamos de nuestra fe, de Jesucristo, y que apreciamos la actividad eclesial de la “misiones”. ¿Cómo van a conocer que nos importa el Señor y la fe, si no hablamos de ella con entusiasmo?
 
¿Cómo no van a sentir nuestros misioneros esa alegría que comporta ser precisamente misioneros, cuando se encuentran con los más pobres y más agradecidos al recibir la riqueza que es Cristo? Nuestro planeta está intercomunicado y, si en algunas partes de él hay pobreza extrema, no nos quepa duda de que es, en gran parte, porque los poderosos de este mundo no saben de justicia distributiva y han privado a muchos países del acceso al mercado o han esquilmado sus materias primas, sus riquezas, compradas a muy bajo precio, para enriquecerse ellos. ¿Todavía desconocen ustedes que la evangelización y la misión de la Iglesia comprende también la promoción y atención a las necesidades básicas de los pueblos y comunidades? Debemos desterrar ya un cierto dualismo, que no se sostiene, al separar radicalmente realidades naturales y espirituales, como si la misión fuera únicamente “espiritual”. Sabemos distinguir, por supuesto, entre la gracia de Dios y las tareas que nosotros llevamos a cabo por nuestras fuerzas. Pero si el Hijo de Dios se encarnó, ¿no tiene cualquier realidad humana cabida en la salvación que Jesús ofrece a la humanidad?
 
Os digo, hermanos, que en los llamados territorios de misión no se dan los problemas un tanto ficticios que acontecen entre nosotros, que en realidad son problemas de países ricos: el clericalismo, el sacerdocio de la mujer como un derecho, la ideología de género, el aborto y un largo etcétera. El misionero va al día y confía en el Señor, porque existen cosas que son de cada día: acercarse al más pobre, evangelizar de manera toral, esforzarse por conseguir sobrevivir ante situaciones límite. Pero, a la vez, los misioneros, en todo este mundo desheredado, trabajan con alegría en la superación de situaciones increíblemente adversas. Será que confían en Jesucristo. Sin duda.

X Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo
Primado de España